Religión de los Aztecas

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Desde las primeras civilizaciones, la religión juega un papel muy importante, y en muchos casos, como en la cultura Azteca, se volvió el centro y génesis de muchas de sus tradiciones.

 

Contenido

¿Cómo era la religión de los aztecas?

 

Los Aztecas fueron los receptores e intérpretes de una tradición de pensamientos que se remontaba a los olmecas, y que reinterpretó cada civilización subsiguiente, incluida la clásica Maya.

Naturalmente siempre hubo diferencias y especializaciones regionales, incluyendo las divinidades tutelares de cada nación y ciudad prehispánica. Pero las líneas maestras fueron las mismas para todas las religiones nativas de Mesoamérica.

La adoración de todos aquellos seres sobrenaturales estaba bajo el control de un sacerdote célibe, que se había preparado para su función estudiando en un calmecac o seminario.

Obligación suya era observar los rituales cotidianos de los 260 días de su calendario, anotados en libros de cuero, y también supervisar las ofrendas y sacrificios en los templos estatales, el más importante de los cuales era El Gran Templo.

Éste, era una gigantesca construcción doble dedicada al culto del antiguo Dios mesoamericano de la Lluvia, Tlaloc, y a Huitzilopochtli, el Sol dispensador de vida.

Los propios Aztecas habían predicho el fin de su civilización. Cada 104 años, cuando los cómputos de 260 y 365 días coincidían entre sí y con el ciclo del planeta Venus (584 días).

Vivían temerosos de que terminase el quinto sol (nuestra propia creación), y tomaban todo género de precauciones para impedirlo mediante sacrificios al dios fuego.

Las divinidades de la religión Azteca

 

En la religión Azteca hay que distinguir entre un sistema religioso más antiguo, que los Aztecas habían heredado de los Toltecas, y un sistema estrechamente relacionado con la ideología del expansionista estado Azteca.

Este último se fundamentaba en una leyenda solar, que giraba en torno a la creación milagrosa de la divinidad tribal del Sol: Huitzilopochtli.

Su madre, la diosa terrestre, Coatlicue, que anteriormente había dado a luz a las 400 estrellas del cielo nocturno y a la hermana de éstas, la diosa lunar Coyolxauhqui, quedó fecundada por una pelota de plumas cuando barría su casa.

El hijo por nacer fue Huitzilopochtli. Celosas y enfurecidas, las luminarias nocturnas arrancaron la cabeza a Coyolxauhqui; pero Huitzilopochtli consiguió nacer en algún lugar, plenamente desarrollado y armado hasta los dientes.

Entonces degolló a sus hermanastras. El mito alude, evidentemente, a la destrucción diaria de la Luna y las estrellas por obra de los rayos solares.

Con el amanecer, la divinidad solar renacía y se alzaba al mediodía sobre la espalda de una serpiente de fuego; después, Cihuateteo arrastraba hasta el infierno, por debajo del horizonte occidental, almas de las mujeres que habían muerto en parto.

A menos que se alimentase constantemente con corazones y sangre de cautivos valientes, Huitzilopochtli, el sol en persona, dejaría de salir una vez más por la mañana para bendecir a la humanidad con sus rayos dispensadores de vida.

De ahí los constantes sacrificios humanos en la capital Azteca.

La tradición antigua alude al momento primero de la creación, haciendo intervenir a una divinidad anciana y andrógina, que vive en lo más alto de los 13 cielos estratificados.

 

Era una religión politeísta, aunque sólo rendían culto a un número reducido de  deidades mayores. Los dioses más importantes tenían relación con el ciclo del sol y de las cosechas. En la religión Azteca los asesinatos y desmembramientos de guerreros y prisioneros como ceremonias rituales eran parte de la vida cotidiana.

 

 

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